16 feb. 2014

El lago de los recuerdos.

encontrar escritos de un par de meses atrás, no recuerdo la fecha exacta en lo que escribí esto.




Me pregunto si el verde aún sigue ahí…

 Mis expectativas de la vida ya estaban más abajo del suelo y de mis ganas de continuar sobreviviendo. Solo necesitaba una nueva rutina. Había aprendido lo que era la vida de verdad cuando le conocí. Nunca pensé terminar de esta manera, solo era un chico más del que pensaba no se podía fijar en mí, y que a final de cuentas hizo que note todo el potencial que llevaba conmigo y que por miedo a fracasos no había distinguido. 
Aprendí a reír más, a soñar con los pies en la tierra. Y con dificultades de por medio, confirmo que aprendí a amar. Un amor de verdad, sin necesidad de dar detalles que estén de más, sin decir mil veces lo que siento, pues con solo dar miradas limpias el corazón palpita.
Sufrí y amé. La tristeza ya tenía instalada una casa en mi alma, y aun así seguí queriendo lo que parecía imposible luego de un tiempo difícil, porque solo se siente felicidad cuando estamos cerca. Y yo seguía ahí, sin ganas de irme, de seguir dando lo que podía dar, y me quedé hasta el final; hasta un final que me niego rotundamente a aceptar. Pero hay decisiones impropias que hay que hacerlas suyas y aceptarlas como vengan porque esto no es El País de las Maravillas ni yo soy Alicia. Seguiré intoxicada de sentimientos y recuerdos porque es lo único que me queda.
(Y me asusta, me da miedo porque ya no sé qué más hacer, a donde ir, como seguir)
Apesta, ¿sabes? Cuando todo va bien y de repente solo se rompe todo una vez más. Y la peor parte es cuando te das cuenta que ya no puedes hacer más nada.


  Descubrir lugares tranquilos en la ciudad con él ya se había vuelto algo normal. Compartir el verde, quería volverlo mi rutina.

8 feb. 2014

En nuestro jardín de las palabras






Me bastaba con tenerle a mi lado. 

Un mes pasa rápido, pero es justo lo exacto para sentirme triste sin su presencia. Un mes pasa y ya quiero inventar otro mundo en donde poder verle. Extrañarle ya no se me hacía una opción.
Así que le invité a nuestro lugar. A nuestro jardín. 



Tranquilidad, naturaleza, los dos, y todas esas cosas que a los dos nos gustan. El lugar perfecto para hablar, para reír, para soñar despiertos, para vernos, para admirar cada una de las miradas. Los árboles, el tranquilo lago, las conversaciones de las aves, nuestras conversaciones: a veces intelectuales a veces de tonterías, pero siempre hablamos de algo. 

Silencios. También hablamos en silencio, tratando de leer nuestras mentes, tratando de escuchar solo a los árboles.  

Y luego de un radiante sol, la lluvia intenta invadirnos, pero no nos preocupa. Nos tenemos uno al otro. Y una sombrilla, por supuesto. 

¿Y qué si llueve? ya estábamos allí. No daríamos marcha atrás. El recorrido valía la pena como para huir por la lluvia. Me atrevo a hablar por los dos cuando digo que la pasamos bien siempre que estamos juntos allí, en nuestro jardín. 



Con o sin lluvia la felicidad recorre mis venas, estaba observando su sonrisa, sus ojos que se pierden con el lago, sus labios que me llaman sin decir nada. 

La puesta de sol, casi hora de partir, el momento menos esperado. Nadie quiere marcharse, un rato más sería lo preciso. El último abrazo de la tarde, fuerte, sin dejarle ir, exclamando un rato más para disfrutar de sus brazos, de sus dulces abrazos. Un rato más, para disfrutar de sus labios, de sus besos que recorren mi boca, mis ojos, mi rostro...